Recientemente se ha despertado en mí el impulso, casi primitivo, de experimentar la belleza dentro de mi vida cotidiana. Es la primera vez que va más allá de querer verme bien o tener un hogar estético. Esta vez es visceral y crudo; un deseo por saborear lo transformador lo bello desde lo personal.
Hoy me encuentro en la más improbable de las utopías. No puedo dejar de conmoverme por la familia que tengo. No estaba dentro de mis planes porque mi mente no comprendía el peso, la profundidad y la extensión de lo que hacer familia implica. Mi vida es una anomalía, un error en la Matrix. Estoy muy agradecida por eso.
Los hombres de mi vida: mis peques y mi esposo, son hoy el elemento catalizador de mis anhelos profundos. Están haciendo nacer de mí una feminidad inesperada, dulce, y tranquila que desconocía por completo. Me veo deseando crear rincones acogedores a mi alrededor, fijándome la tonalidad de la luz, en las texturas de los objetos en mi hogar, empiezo a apreciar la belleza de los pequeños detalles cotidianos. ¿Qué me está pasando? Yo no era así, jamás he sido así… ¿Me estoy envejeciendo?Es como si el tiempo se hubiera detenido. ¡Qué fuerte es este impulso de hacer hogar, nuestro hogar, con los míos! Empiezo a entender a las ancianitas coleccionistas. Me horroriza y me emociona al mismo tiempo.
No quiero que este blog tenga un tinte demasiado personal. Prefiero la reserva. Sólo espero poder articular algunas ideas ante silenciosos lectores porque lo necesito pero también por lo que otros escritores sin rostro han hecho por mí. ¿Cómo escribir sin engañar, sin aparentar, sin calcular? Espero aprender por el camino.
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